Me parece muy cercano el año 1982… Como si fuera ayer. Yo tenía 24 años en aquel entonces y estaba buscando un nuevo rumbo para mi vida, así que decidí dejar la casa de mis padres y abandonar la universidad. Chía aún era un pueblito en el que vivir no resultaba tan costoso como en la ciudad, y en las veredas vivía gente muy interesante, de faldón ellas y pelo largo ellos, medio jiposos, inquietos intelectualmente y de neuronas alborotadas. En ese año llegué a Chía, y junto con mi enamorada, María Stella, a la que conocí en un bus, alquilamos una casita a pocas cuadras de donde hoy queda el restaurante, muy sencilla, pero llena de amor. Y entonces comenzó la tarea tremenda de buscar una alternativa para defendernos económicamente.
Por ese entonces Chía era un pueblito sabanero muy bonito, considerado la despensa de Bogotá y la nevera de sus carnes, y los fines de semana los bogotanos iban de paseo a Chía a almorzar y a hacer sus mercados.
