Cuando empezó el restaurante yo tenía un viejo Topolino, un Fiat 600 azul, en el que hacía el mercado todos los viernes, de madrugada, en plazas como la del 7 de Agosto o Cora-bastos. Luego llegaba al restaurante en mi Topolino destartalado lleno hasta el techo de verduras y hortalizas. Colgaba en una pared los plátanos, las cebollas, los ajos y hacía paredes llenas de legumbres frescas que tras el fin de semana iban desbaratando su tejido. Luego, una vez organizadas las verduras, volaba adonde mi amiga Maena a recoger los postres, un merengón delicioso, y después adonde la señora antioqueña que me hacía las arepas. El último viaje era para comprar la carne que vendería ese fin de semana. Con el mercado listo, ya era hora de abrir nuevamente.