Recuerdo que esa tarde regresaba a mi casa en medio de una tristeza abrumadora porque las cosas no estaban saliendo bien, y cuando pasaba por la carretera Variante de Chía, que en ese entonces era un camino polvoriento y a duras penas demarcado, me llamó la atención una cabañita con paredes de orillos de eucalipto. Inmediatamente me pareció que sería el lugar perfecto para un restaurante. Le conté a Stella y ella estuvo de acuerdo, así que fuimos a visitar a un viejo campesino que tenía en ese lugar un tenderete de ternera a la llanera al que no entraba nadie, y logramos convencerlo de que nos alquilara el lote y la cabañita por 1.500 pesos.
